Es puntería certera:
en el corazón, acertado.
De tus cantos de sirena
he caído, en un solo flechazo
Cuando menos lo esperaba,
vino la vida una vez más
a ponerse patas arriba,
con puntería certera
¡Poco tardé en darme cuenta
(en esta concreta ocasión)
de lo rápido que ella
acertó en mi corazón!
Y entre risas y charlas,
y a pasos agigantados...
Siento que quiero vivir
en tus cantos de sirena.
Porque siento que he caído,
pero esta vez, no solo.
Estamos los dos, derribados
de un solo flechazo
Es tu puntería certera
en mi corazón, acertado
por los cantos de sirena
de Rach, mi flechazo.
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1 de marzo de 2019
22 de julio de 2017
29 de mayo de 2015
La Gemma del cofre
Eran cinco aventureros
repartiéndose un tesoro:
oro, joyas, pinturas...
Todos objetos valiosos.
Eran cinco aventureros:
cinco partes del botín.
¿Qué discutían entonces?
El primero en elegir.
Se levantó uno decidido:
"¡Creo debo comenzar yo!"
Y como era el más anciano
fue él quien empezó.
El segundo, muy agudo,
vió aquí su oportunidad:
"Deduzco pues que es mi turno:
soy el segundo en edad".
Y así fueron escogiendo,
y el cofre se vació,
mas quedaban muchas joyas
cuando al pequeño le tocó.
Se acercó, sonriente.
Se inclinó con cuidado.
Extrajo una pequeña Gemma
y empezó a buscar el candado.
Los demás le miraban
(alguno incluso sonreía)
"Joven, no temas nada,
coge toda esa joyería".
Y el chico se reía.
"No os preocupéis, camaradas,
mala es la avaricia:
ya tengo lo que quería".
El anciano tomo su mano,
y el cofre volvió a abrir.
Tomó un diamante en su mano
"esto deberías elegir".
"Es más brillante, y más caro,
más valioso, en general.
Véndelo, serás millonario,
mil Gemmas podrás comprar".
Negaba el chico:
"Gracias, mi buen amigo,
pero me toca rechazar.
Tengo aquello que quería alcanzar".
Entonces fue el segundo,
con una esmeralda pura:
"si coges esta joya
la mujer que quieras será tuya".
Y el chico rechazó de nuevo:
"Gracias, fiel compañero,
pero esta Gemma prefiero:
tengo ya lo que quiero."
Y asi, uno tras otro,
le enseñaron todas las joyas.
Y todas el chico rechazaba,
no quería otra cosa...
Los demás se asombraban,
y al final la pregunta llegó.
"¿Por qué esa insignificante Gemma?"
El más anciano preguntó.
"¡No es insignificante!"
Dijo el chico enfadado.
"No por tamaño o precio
es una joya la más grande".
"Os voy a contar un secreto,
¿sabéis por qué empecé el viaje?
Porque sueño con esta Gemma
desde nuestro primer hospedaje"
"No necesité más que un segundo
para reconocerla en este cofre:
pequeñita, trasparente...
como queriendo no ser importante".
"Se bien que no destaca tanto
como el rubí o el azabache.
Pero con ella he soñado...
Es la única que me vale"
Y entonces, de repente,
un rayo de luz amaneció.
Quiso Dios, o el Destino,
que a la Gemma iluminó.
Fueron cinco gargantas,
pero solo una exclamación:
la sala se llenó de luces
que la Gemma reflejó.
Se quedaron embelesados,
tal era la belleza del lugar,
hasta que dijo uno de ellos,
"¿qué luces darán las demás?"
Y pasaron la turquesa,
el zafiro, la amatista,
todos los dorados anillos
e incluso una enorme perla.
Y niguna la luz reflejaba
como la reflejaba la Gemma...
***
¿Qué quiero decir con esta historia?
Que tú y yo somos, al final,
dos piedras pequeñas, si valor,
en el cofre de la humanidad...
..o eso parece a simple vista.
Porque, al igual que a esa Gemma,
si me refleja la luz de tu sonrisa
me siento más valioso, más querido,
más grande, más yo mismo...
Siento que soy como esa piedrecita,
y tu esa joven que me ha escogido...
(¡Y viceversa...!)
Y por estos dos meses juntos,
que son en si un tesoro
(como el de los cinco aventureros)
pérmiteme que te diga...
Que te quiero...
¡Y que te sean leves
los estudios el 29!
repartiéndose un tesoro:
oro, joyas, pinturas...
Todos objetos valiosos.
Eran cinco aventureros:
cinco partes del botín.
¿Qué discutían entonces?
El primero en elegir.
Se levantó uno decidido:
"¡Creo debo comenzar yo!"
Y como era el más anciano
fue él quien empezó.
El segundo, muy agudo,
vió aquí su oportunidad:
"Deduzco pues que es mi turno:
soy el segundo en edad".
Y así fueron escogiendo,
y el cofre se vació,
mas quedaban muchas joyas
cuando al pequeño le tocó.
Se acercó, sonriente.
Se inclinó con cuidado.
Extrajo una pequeña Gemma
y empezó a buscar el candado.
Los demás le miraban
(alguno incluso sonreía)
"Joven, no temas nada,
coge toda esa joyería".
Y el chico se reía.
"No os preocupéis, camaradas,
mala es la avaricia:
ya tengo lo que quería".
El anciano tomo su mano,
y el cofre volvió a abrir.
Tomó un diamante en su mano
"esto deberías elegir".
"Es más brillante, y más caro,
más valioso, en general.
Véndelo, serás millonario,
mil Gemmas podrás comprar".
Negaba el chico:
"Gracias, mi buen amigo,
pero me toca rechazar.
Tengo aquello que quería alcanzar".
Entonces fue el segundo,
con una esmeralda pura:
"si coges esta joya
la mujer que quieras será tuya".
Y el chico rechazó de nuevo:
"Gracias, fiel compañero,
pero esta Gemma prefiero:
tengo ya lo que quiero."
Y asi, uno tras otro,
le enseñaron todas las joyas.
Y todas el chico rechazaba,
no quería otra cosa...
Los demás se asombraban,
y al final la pregunta llegó.
"¿Por qué esa insignificante Gemma?"
El más anciano preguntó.
"¡No es insignificante!"
Dijo el chico enfadado.
"No por tamaño o precio
es una joya la más grande".
"Os voy a contar un secreto,
¿sabéis por qué empecé el viaje?
Porque sueño con esta Gemma
desde nuestro primer hospedaje"
"No necesité más que un segundo
para reconocerla en este cofre:
pequeñita, trasparente...
como queriendo no ser importante".
"Se bien que no destaca tanto
como el rubí o el azabache.
Pero con ella he soñado...
Es la única que me vale"
Y entonces, de repente,
un rayo de luz amaneció.
Quiso Dios, o el Destino,
que a la Gemma iluminó.
Fueron cinco gargantas,
pero solo una exclamación:
la sala se llenó de luces
que la Gemma reflejó.
Se quedaron embelesados,
tal era la belleza del lugar,
hasta que dijo uno de ellos,
"¿qué luces darán las demás?"
Y pasaron la turquesa,
el zafiro, la amatista,
todos los dorados anillos
e incluso una enorme perla.
Y niguna la luz reflejaba
como la reflejaba la Gemma...
***
¿Qué quiero decir con esta historia?
Que tú y yo somos, al final,
dos piedras pequeñas, si valor,
en el cofre de la humanidad...
..o eso parece a simple vista.
Porque, al igual que a esa Gemma,
si me refleja la luz de tu sonrisa
me siento más valioso, más querido,
más grande, más yo mismo...
Siento que soy como esa piedrecita,
y tu esa joven que me ha escogido...
(¡Y viceversa...!)
Y por estos dos meses juntos,
que son en si un tesoro
(como el de los cinco aventureros)
pérmiteme que te diga...
Que te quiero...
¡Y que te sean leves
los estudios el 29!
19 de septiembre de 2014
El despertar de Loggo
Loggo abrió los ojos.
Su pesado cuerpo era poco manejable. Falta de costumbre, quizá. Falta de cohesión, pues estaba compuesto, como luego percibió, por objetos heterogéneos, seguramente cogidos de los que cubrían todo el mundo.
Porque eso fue lo primero que percibió. Ese mundo, silencioso, cubierto de multitud de utensilios, cacharros y cachivaches. Veía un piano al lado de una vela de barco. Cerillas. Un imán desparejado.
Tardó algún tiempo en dejar de intentar identificar cosas entre el desorden para girarse, y verla a ella. Otra como él. Más definida. Metálica, sonriente. Tirada en el suelo, pero mirando hacia él. Como si jugaran a un juego, y él acabara de encontrarla en su escondite, para su regocijo.
El sonrío en respuesta, y empezó a hablar.
- Soy Loggo. ¿Quién eres tú?
Ella sonreía... pero no decía ni una sola palabra. Solo seguía mirándole...
- ¿Hola?
- ...
Siguió intentando hablarle un rato más, pero al final acabó renunciando, y se dedicó a investigar los alrededores...
Al día siguiente, Loggo volvió con ella. La saludó, sin recibir más respuesta que esa sonriente mirada. Le llevó un bonito collar que había encontrado, le dijo que la encontraba reluciente ese día, e incluso intentó hacerla reír, a pesar de que los robots no saben mucho de humor... Pero ella no respondía.
Los días pasaban. Loggo intentaba explicar por qué la robot no le hacía caso mientras paseaba por los sitios que ya conocía. "Quizá no le caigo bien", pensaba al pasar entre la zona de las pelotas de deportes. "Puede que no sepa hablar", se decía mirando una vieja pintura. "A lo mejor simplemente es tímida", reflexionaba mirando su reflejo en una cazuela...
Loggo dejó de acercarse unos días junto a ella, pensando que quizá si se iba ella lo echaría de menos. Nunca se alejaba mucho de la robot, así que le sería fácil encontrarle. Pero pronto se aburrió del escaso área en el que se movía, y nunca tuvo una dulce voz que lo llamase...
Un día, desde un enorme órgano, Loggo vio una enorme llanura llena de brillantes objetos, muy a lo lejos. Se quedó contemplando fascinado los colores y las luces, y sintió un gran deseo de estar allí. Cuando ya se estaba encaminando, una sonrisa y un par de ojos se le aparecieron de entre sus recuerdos...
Se paró en seco...
Y, pesaroso, dio media vuelta.
Al día siguiente, Loggo volvió a visitarla, sin éxito.
Y el tiempo siguió pasando...
Los días de Loggo se dividían entre la desesperación de sus visitas no correspondidas, las vueltas en círculos en paisajes más que memorizados y el hechizo de los colores. Se dio cuenta de que se movían, como alejándose... A veces se planteaba si no serían otros robots, como él. O quizá, simplemente, alguien capaz de charlar con él.
La frustración se apoderaba de él. Y un día, preso de una rabia contenida quizá demasiado tiempo, se acercó a la robot. Sus quejas retumbaron en la vajilla rota del este, las ruedas de coche del norte y las lavadoras del sur. Si en este mundo hubiera algún pajarillo, hubiera salido volando ante la pena y el dolor de sus palabras...
Pero la robot permanecía impasible. Como siempre había estado.
Loggo pasó varios días solo, meditando. Ni siquiera fue a mirar las luces. Solo pensaba, llevando sus engranajes al máximo, explotando sus circuitos como nunca antes. Intentando valorar si realmente lo que pensaba era la decisión correcta...
Al día siguiente, fue con ella...
- Oye... Yo... De verdad, quería conocerte. No se si te he molestado con algo... Pero nunca me hablas. Y yo... yo no puedo estar así. Querría conocerte a ti, a las luces... Pero si no me hablas, no puedo pedirte que vengas conmigo. Yo... Creo que esto es un adios...
Loggo se dio la vuelta, entristecido e ilusionado. Un rayo de sol reflejaba en su espalda, donde una llave de reloj, que lo mantenía en movimiento, brillaba con la calidez de un corazón que alguna vez amó.
Si te fijas cuidadosamente, quizá leas un nombre en la llave...
Eika...
Y mientras Loggo se iba, Eika, todavía inmóvil, seguía sonriendo.
Su pesado cuerpo era poco manejable. Falta de costumbre, quizá. Falta de cohesión, pues estaba compuesto, como luego percibió, por objetos heterogéneos, seguramente cogidos de los que cubrían todo el mundo.
Porque eso fue lo primero que percibió. Ese mundo, silencioso, cubierto de multitud de utensilios, cacharros y cachivaches. Veía un piano al lado de una vela de barco. Cerillas. Un imán desparejado.
Tardó algún tiempo en dejar de intentar identificar cosas entre el desorden para girarse, y verla a ella. Otra como él. Más definida. Metálica, sonriente. Tirada en el suelo, pero mirando hacia él. Como si jugaran a un juego, y él acabara de encontrarla en su escondite, para su regocijo.
El sonrío en respuesta, y empezó a hablar.
- Soy Loggo. ¿Quién eres tú?
Ella sonreía... pero no decía ni una sola palabra. Solo seguía mirándole...
- ¿Hola?
- ...
Siguió intentando hablarle un rato más, pero al final acabó renunciando, y se dedicó a investigar los alrededores...
Al día siguiente, Loggo volvió con ella. La saludó, sin recibir más respuesta que esa sonriente mirada. Le llevó un bonito collar que había encontrado, le dijo que la encontraba reluciente ese día, e incluso intentó hacerla reír, a pesar de que los robots no saben mucho de humor... Pero ella no respondía.
Los días pasaban. Loggo intentaba explicar por qué la robot no le hacía caso mientras paseaba por los sitios que ya conocía. "Quizá no le caigo bien", pensaba al pasar entre la zona de las pelotas de deportes. "Puede que no sepa hablar", se decía mirando una vieja pintura. "A lo mejor simplemente es tímida", reflexionaba mirando su reflejo en una cazuela...
Loggo dejó de acercarse unos días junto a ella, pensando que quizá si se iba ella lo echaría de menos. Nunca se alejaba mucho de la robot, así que le sería fácil encontrarle. Pero pronto se aburrió del escaso área en el que se movía, y nunca tuvo una dulce voz que lo llamase...
Un día, desde un enorme órgano, Loggo vio una enorme llanura llena de brillantes objetos, muy a lo lejos. Se quedó contemplando fascinado los colores y las luces, y sintió un gran deseo de estar allí. Cuando ya se estaba encaminando, una sonrisa y un par de ojos se le aparecieron de entre sus recuerdos...
Se paró en seco...
Y, pesaroso, dio media vuelta.
Al día siguiente, Loggo volvió a visitarla, sin éxito.
Y el tiempo siguió pasando...
Los días de Loggo se dividían entre la desesperación de sus visitas no correspondidas, las vueltas en círculos en paisajes más que memorizados y el hechizo de los colores. Se dio cuenta de que se movían, como alejándose... A veces se planteaba si no serían otros robots, como él. O quizá, simplemente, alguien capaz de charlar con él.
La frustración se apoderaba de él. Y un día, preso de una rabia contenida quizá demasiado tiempo, se acercó a la robot. Sus quejas retumbaron en la vajilla rota del este, las ruedas de coche del norte y las lavadoras del sur. Si en este mundo hubiera algún pajarillo, hubiera salido volando ante la pena y el dolor de sus palabras...
Pero la robot permanecía impasible. Como siempre había estado.
Loggo pasó varios días solo, meditando. Ni siquiera fue a mirar las luces. Solo pensaba, llevando sus engranajes al máximo, explotando sus circuitos como nunca antes. Intentando valorar si realmente lo que pensaba era la decisión correcta...
Al día siguiente, fue con ella...
- Oye... Yo... De verdad, quería conocerte. No se si te he molestado con algo... Pero nunca me hablas. Y yo... yo no puedo estar así. Querría conocerte a ti, a las luces... Pero si no me hablas, no puedo pedirte que vengas conmigo. Yo... Creo que esto es un adios...
Loggo se dio la vuelta, entristecido e ilusionado. Un rayo de sol reflejaba en su espalda, donde una llave de reloj, que lo mantenía en movimiento, brillaba con la calidez de un corazón que alguna vez amó.
Si te fijas cuidadosamente, quizá leas un nombre en la llave...
Eika...
Y mientras Loggo se iba, Eika, todavía inmóvil, seguía sonriendo.
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