Las lecciones más valiosas las enseñamos sin ser conscientes. simplemente por vivir.
Las lecciones más valiosas las aprendemos de aquellos que viven, muchas veces sin querer enseñar.
Las lecciones más valiosas las enseñamos sin ser conscientes. simplemente por vivir.
Las lecciones más valiosas las aprendemos de aquellos que viven, muchas veces sin querer enseñar.
Tap. Tap. Tap.
El
reloj
suena
y
mi
día
empieza.
Tap. Tap. Tap.
Me
levanto
de
cama,
sacudo
mi
pereza.
Tap. Tap. Tap.
Lavo
mi
cara,
mi
café
se
calienta.
Tap. Tap. Tap.
Salgo
a
la
calle,
donde
el
frío
arrecia.
Tap. Tap. Tap.
Pasan
las
horas.
Sigo
caminando.
Tap. Tap. Tap.
No
se
si
vuelvo
a
casa
o
voy
al
trabajo.
Tap. Tap. Tap.
En
mi
percepción
percibo
desoriento.
Tap. Tap. Tap.
¿Y
antes
qué
hice?
Ya
no
lo
recuerdo.
Tap. Tap. Tap.
¿Es
ya
tan
tarde?
¿En
qué
momento?
Tap. Tap. Tap.
Estoy
ya
en
cama.
¿Me
levantó
o
me
acuesto?
Tap. Tap. Tap.
Se
pasa
este
día,
creo
es
el
primero.
Tap. Tap. Tap.
De
esta
vida
de
sopor
y
desconcierto.
Tap.
Tap.
Tap.
Quiero que toda esta bruma
que me duelo y que me abruma
sea un férreo precedente
para quien aun no camina.
Y la gente que me oye
mi ingenuidad desoye
y en ligero reproche
su visión me explican:
Que no hay dolor sin alegría
y menos fuerte es la algarabía
del que ni celebra ni aprende
pues el mal aún le sorprende.
Pues sin sol no se hay sombra
y si ya nada te asombra
quizá es que no ves la hostia
que asoma por la esquina.
Y no es maldad ni es inquina
solo es un pensamiento
que aún no se si es cierto
pero me hace dudar...
Que quizá sin sufrimiento
no llega el conocimiento
de las cosas importantes:
herramientas para andar
El que prende, aprende...
y el que no, se sorprende.
Está ya la mañana alta, y yo estoy en mi silla
con alguna legaña, pero con suficiente energía,
disfrutando de la rara situación tranquila
de las primeras partes de la larga jornada.
No hay más voces en mi cabeza que música,
las tareas en mi lista no se agolpan todavía.
No habrá urgencias hasta más avanzado el día.
Quizá, por una vez, las cosas van como deberían.
Sigo sin acostumbrarme a la tonta maravilla
de la clara luz que entra por la ventana,
en lugar del viejo reflejo de una bombilla.
El aire fresco al que invitar cuando se le precisa.
Los ruidos más o menos son los mismos,
pero hay algo distinto en la calma inusitada
que, a pesar de todo, a la esperanza invita...
Quizá, por una vez, las cosas van como deberían.
Y con el reloj corriendo, y la gente viniendo,
algo se abre camino desde mi hacia la vida.
Un suspiro satisfecho, una ladeada sonrisa,
una plenitud que hacia mucho que no sentía.
No se cuanto tiempo seré una montaña rusa de emociones.
Pero un paso a la vez, disfrutemos de las subidas.
Y cuando el mundo despierte, ¡que me encuentre riendo!
Quizá, por una vez, las cosas van como deberían.